Por Génesis Gómez Breguel

Era apenas un niño cuando Ajax se convirtió en su segunda casa, ayudando a diario en los quehaceres del club, siempre acompañado de un balón, pese a no integrar sus filas en esa época. Probablemente, nadie hubiese imaginado en lo que se convertiría aquel muchacho de contextura delgada y piernas largas, el mismo que lustraba los botines de los jugadores, el mismísimo Johan Cruyff.

Tenía apenas ocho años cuando pisó por primera vez la cancha del Ajax, llena de aficionados. Estaba nervioso, las manos le sudaban, sentía que tenía una gran responsabilidad. Miraba la multitud y sonreía como agradeciéndoles estar ahí, no podía parar de sonreír. No se trataba de anotar goles o jugar de defensor, se trataba de pasar el rastrillo por la cancha, con el objetivo de emparejarla y dejarla lista para sus ídolos. Ahí estaba ese niño, sin siquiera tener un contrato, pero sintiéndose privilegiado de poder nivelar el campo de juego para los jugadores, los mismos que él consideraba héroes.

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Con el paso de los años, pasó a ser jugador del club bajo el mando de quien sería su maestro y gran mentor: Rinus Michels. El entrenador neerlandés vio un gran potencial en él y no sólo lo preparó en el aspecto físico, sino que también lo hizo a nivel táctico. Fue así como el llamado “Fútbol Total” que pregonaba Michels se materializó de la mejor manera en los pies del virtuoso mediocampista, en una época en que todos esos conceptos parecían una locura abstracta.

Hábil tácticamente, poseía una visión del campo impresionante, gran construcción del juego y notable anticipación a la jugada del rival. Sus presentaciones daban la vuelta al mundo, sin necesidad que existiese Internet para viralizarlas. Era tal su inteligencia que Michels le autorizaba a dirigir sus jugadores desde dentro del campo. Porque no sólo era un jugador excepcional, sino también un líder dentro y fuera de la cancha.

Luego de su exitoso paso por Ajax, recaló en el FC Barcelona, donde se convirtió en pieza fundamental del equipo, alcanzando la figura de leyenda en la institución blaugrana. A nivel nacional, se transformó en el estandarte de la selección holandesa, la afamada “Naranja Mecánica” que enamoró al mundo entero en el Mundial de 1974, donde el destino le dejó un segundo lugar.

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Después de su paso por diversos clubes, Cruyff decidió colgar los botines y años más tarde, dejaría su rol de aprendiz para convertirse en un gran maestro. En las canchas de La Masía, el holandés formaría a su más importante discípulo, un joven llamado Josep Guardiola, quien deleitaba con su técnica en los pies.

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Más allá de ganar tres veces el Balón de Oro, de obtener grandes premios y trofeos. Más allá de ser considerado uno de los más grandes exponentes del balompié y del prestigioso legado que dejó en el mundo del fútbol. Más allá de toda la fama y el dinero que obtuvo, su más preciado y sagrado recuerdo fue aquel momento en que pisó por primera vez la cancha del Ajax con un rastrillo en la mano. A pesar de que pasaron décadas de ese evento, el recuerdo venía a él una y otra vez, casi como una fotografía a todo color.  El estadio, la multitud, su sonrisa y su gran amor, el fútbol.

Créditos: El País / Goal / Marca

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